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Triana, corazón de Sevilla: siglos de barro, azulejos y tradición cerámica. Parte I

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Triana, corazón de Sevilla: siglos de barro, azulejos y tradición cerámica. Parte I. Primera entrega elaborada por nuestras compañeras Luisana Aldana, Reyes Fernández y Elena Belascoain, donde iniciamos un viaje por los orígenes de la cerámica sevillana y su expansión desde los alfares históricos hasta los talleres de Triana.

Pocas ciudades en el mundo tienen una identidad tan ligada a la cerámica como Sevilla. Pasear por sus calles es encontrarse con balcones enmarcados en azulejos, con patios cuyas paredes parecen tapices de barro y esmalte, con plazas en las que la cerámica no es un adorno más: es el espejo de la ciudad.  Sevilla tiene un lenguaje propio, hecho de luz, música… y barro. Cada cerámica esconde la historia de los diferentes pueblos y culturas que transformaron este humilde y orgulloso arte.

 

Figura 2. Azulejo conmemorativo trianero con representación de la Giralda, fechado en 1731. La inscripción menciona a los responsables de la obra y documenta la colocación de la pieza. Cerámica vidriada sobre loza, producción popular del Barrio de Triana, Sevilla.
 
La cerámica de Sevilla no es solo un oficio ni una colección de restos en los anaqueles de un museo, es una manera de contar el tiempo, de hacer un recorrido silencioso de su historia, saltando de pella en pella de barro. Escribir sobre la cerámica sevillana, y su íntima conexión, es hablar de lo que permanece incluso cuando todo cambia: el rumor del agua en el barro, el calor del horno, la huella de la mano curtida que se imprime en cada forma antes de endurecerse para siempre.
 

No existe en Sevilla muro, plaza o casa que no conserve, aunque sea en silencio, el rastro de los alfareros que, desde hace siglos, moldean la ciudad desde sus orillas. La historia de esta cerámica es, en realidad, la historia de una frontera: la frontera entre lo utilitario y lo sagrado, entre lo oriental y lo europeo, entre lo popular y lo cortesano.

 

De Hispalis a Isbiliya: los orígenes del arte cerámico

Aunque son numerosos los vestigios anteriores, podemos decir que desde la época romana, el rico barro de Hispalis ya estaba ligado a la vida y la economía de la ciudad, usado principalmente para fabricar ánforas que transportaban el apreciado aceite de oliva bético hacia el Mediterráneo, encontrando restos en todo el imperio. Sin embargo la identidad alfarera local tardaría unos siglos en llegar.

 
Para comprenderla, es necesario viajar hasta los primeros alfares andalusíes establecidos en la ribera del Guadalquivir, cuando Isbiliya era una ciudad abierta al Mediterráneo y al mundo cultural islámico. Allí llegaron técnicas, esmaltes y visiones estéticas que marcaron para siempre la producción local: la loza vidriada, el brillo metálico del lustre, las caligrafías, las geometrías y la idea de que la cerámica podía ser un lenguaje visual tan elaborado como un manuscrito.
 

Los azulejos cortados en intrincados alicatados llenan de estrellas lazos y geometrías sagradas los numerososo vestigios arquitectónicos que el denso manto de Al-Andalus distribuyó por la ciudad, y no desaparecerían posteriormente, sino que se imbricarían con las posteriores tradiciones.

 

Triana: donde el fuego da forma a la ciudad

En el corazón de este proceso de renovación, innovación y tradición del barro late un lugar concreto: el barrio de Triana. Allí, los hornos funcionaron durante siglos sin interrupción, sembrando sus calles de pequeños alfares que dejaron hornos y talleres paralizados en el tiempo y que la arqueología hoy en día sigue sacando a la luz.
 

De allí salieron azulejos que recubrieron conventos, templos, palacios, patios y calles; piezas que viajaron por mar hacia Italia y América, llevando el arte de Sevilla a los lugares más lejanos  del Nuevo Mundo, donde la cerámica trianera se convirtió en un símbolo de la expansión cultural española. Vajillas que acompañaron banquetes reales y jarras humildes que se usaron en patios de vecinos.

 

Refectorio del Real Monasterio de Santa Clara (Sevilla), decorado con zócalos de azulejos trianeros del siglo XVI.

 

Del Mudéjar al Renacimiento: siglos XV y XVI, el esplendor del azulejo sevillano

Durante el siglo XV, Sevilla vivió un período de transición entre la tradición mudéjar y la llegada de influencias renacentistas italianas. Los azulejos mudéjares seguían decorando palacios, conventos y casas, pero se empezaban a incorporar motivos figurativos y escenas narrativas que anticipaban la innovación artística que se consolidaría en el siglo XVI. Es en este momento cuando Triana se consolida como epicentro de la cerámica sevillana. 

Niculoso Pisano y otros maestros azulejeros introdujeron el azulejo pintado figurativo, transformando los muros en auténticos lienzos de barro vidriado: escenas religiosas, batallas, alegorías y retratos que hablaban a un público cada vez más amplio.

 
Fue también el siglo en que la cerámica trianera cruzó el océano Atlántico: Sevilla, puerto exclusivo del comercio con América, exportó azulejos que decoraron conventos, catedrales y palacios desde México hasta Perú y Cuba, convirtiéndose en embajadora silenciosa de la ciudad y de España.
 
Esta producción exitosa siguió vigente, casi sin modificaciones técnicas, durante el Siglo XVII, donde el azulejo como expresión artística, y vehículo de mensajes piadosos poblaba los espacios sacros y urbanos, con innumerables retablillos dedicados a las ánimas del purgatorio, santos y mártires, o viacrucis discretos que se dispersaban por el interior de los conventos.
 
En los patios de conventos y en las fachadas de las casas señoriales, los azulejos narraban historias piadosas y cotidianas, transformando los muros en libros de imágenes para un pueblo que leía de manera visual un repertorio iconográfico moralizante que estaba a cada paso desperdigado por toda la ciudad.

 

Ilustración y modernidad: del taller al arte urbano

Durante el Siglo XVIII, el auge de la ciudad como centro comercial y portuario trajo consigo un nuevo impulso. El barro trianero comenzó a dialogar con las corrientes ilustradas: los motivos se hicieron más claros, los colores más precisos, los diseños más regulares.
 
Aparecieron las primeras manufacturas organizadas, y el oficio, hasta entonces familiar y artesanal, empezó a adquirir rasgos de industria.
La cerámica sevillana se abría al mundo sin renunciar a su raíz popular: mientras los palacios del casco histórico se engalanaban con paneles de azulejos finamente pintados, los patios de vecinos seguían conservando el eco humilde del cántaro, la maceta y la fuente.
 

Ya en el Siglo XIX, Triana se pobló de los talleres cuyos nombres aún hoy resuenan por las calles, como Mensaque, Pickman o Ramos Rejano, se convirtieron en emblemas de una época en la que la tradición y la modernidad se encontraron frente al fuego. La Revolución Industrial trajo el carbón, la mecanización y las nuevas fórmulas químicas de los esmaltes; pero también, la nostalgia por lo hecho a mano, por el gesto imperfecto que deja huella.

Fue entonces cuando el arte trianero comenzó a ser memoria colectiva: y como tal empezó a valorarse por los eruditos, que veían en este arte tan utilitario, tan popular, una fiel imagen de la colectividad que lo produjo.

 

Base de un plato de La Cartuja de Sevilla-Pickman S.A. donde se aprecia el logo de la compañía de cerámica.

 

El fuego que no se apaga: legado y continuidad

 

A lo largo de esos siglos, la cerámica sevillana no solo decoró una ciudad: la construyó simbólicamente. Entre el bullicio de los talleres, el canto de los aprendices y el resplandor de los hornos, la historia de Sevilla se fue cociendo, lenta, brillante, irrepetible.

En las siguientes entregas desgranaremos en mas profundidad cómo la cerámica tuvo siempre la importancia de un elemento necesario en casi cada una de las actividades e industrias de la ciudad, tanto como elemento constructivo, decorativo, como instrumento para la elaboración de los ajuares domésticos más sencillos y más ricos.
 

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