Triana, corazón de Sevilla: siglos de barro, azulejos y tradición cerámica. Parte I. Primera entrega elaborada por nuestras compañeras Luisana Aldana, Reyes Fernández y Elena Belascoain, donde iniciamos un viaje por los orígenes de la cerámica sevillana y su expansión desde los alfares históricos hasta los talleres de Triana.
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ToggleEl alma de Sevilla en el barro
Pocas ciudades en el mundo tienen una identidad tan ligada a la cerámica como Sevilla. Pasear por sus calles es encontrarse con balcones enmarcados en azulejos, con patios cuyas paredes parecen tapices de barro y esmalte, con plazas en las que la cerámica no es un adorno más: es el espejo de la ciudad. Sevilla tiene un lenguaje propio, hecho de luz, música… y barro. Cada cerámica esconde la historia de los diferentes pueblos y culturas que transformaron este humilde y orgulloso arte.
No existe en Sevilla muro, plaza o casa que no conserve, aunque sea en silencio, el rastro de los alfareros que, desde hace siglos, moldean la ciudad desde sus orillas. La historia de esta cerámica es, en realidad, la historia de una frontera: la frontera entre lo utilitario y lo sagrado, entre lo oriental y lo europeo, entre lo popular y lo cortesano.
De Hispalis a Isbiliya: los orígenes del arte cerámico
Aunque son numerosos los vestigios anteriores, podemos decir que desde la época romana, el rico barro de Hispalis ya estaba ligado a la vida y la economía de la ciudad, usado principalmente para fabricar ánforas que transportaban el apreciado aceite de oliva bético hacia el Mediterráneo, encontrando restos en todo el imperio. Sin embargo la identidad alfarera local tardaría unos siglos en llegar.
Los azulejos cortados en intrincados alicatados llenan de estrellas lazos y geometrías sagradas los numerososo vestigios arquitectónicos que el denso manto de Al-Andalus distribuyó por la ciudad, y no desaparecerían posteriormente, sino que se imbricarían con las posteriores tradiciones.
Triana: donde el fuego da forma a la ciudad
De allí salieron azulejos que recubrieron conventos, templos, palacios, patios y calles; piezas que viajaron por mar hacia Italia y América, llevando el arte de Sevilla a los lugares más lejanos del Nuevo Mundo, donde la cerámica trianera se convirtió en un símbolo de la expansión cultural española. Vajillas que acompañaron banquetes reales y jarras humildes que se usaron en patios de vecinos.
Del Mudéjar al Renacimiento: siglos XV y XVI, el esplendor del azulejo sevillano
Durante el siglo XV, Sevilla vivió un período de transición entre la tradición mudéjar y la llegada de influencias renacentistas italianas. Los azulejos mudéjares seguían decorando palacios, conventos y casas, pero se empezaban a incorporar motivos figurativos y escenas narrativas que anticipaban la innovación artística que se consolidaría en el siglo XVI. Es en este momento cuando Triana se consolida como epicentro de la cerámica sevillana.
Niculoso Pisano y otros maestros azulejeros introdujeron el azulejo pintado figurativo, transformando los muros en auténticos lienzos de barro vidriado: escenas religiosas, batallas, alegorías y retratos que hablaban a un público cada vez más amplio.
Ilustración y modernidad: del taller al arte urbano
La cerámica sevillana se abría al mundo sin renunciar a su raíz popular: mientras los palacios del casco histórico se engalanaban con paneles de azulejos finamente pintados, los patios de vecinos seguían conservando el eco humilde del cántaro, la maceta y la fuente.
Ya en el Siglo XIX, Triana se pobló de los talleres cuyos nombres aún hoy resuenan por las calles, como Mensaque, Pickman o Ramos Rejano, se convirtieron en emblemas de una época en la que la tradición y la modernidad se encontraron frente al fuego. La Revolución Industrial trajo el carbón, la mecanización y las nuevas fórmulas químicas de los esmaltes; pero también, la nostalgia por lo hecho a mano, por el gesto imperfecto que deja huella.
Fue entonces cuando el arte trianero comenzó a ser memoria colectiva: y como tal empezó a valorarse por los eruditos, que veían en este arte tan utilitario, tan popular, una fiel imagen de la colectividad que lo produjo.
El fuego que no se apaga: legado y continuidad
A lo largo de esos siglos, la cerámica sevillana no solo decoró una ciudad: la construyó simbólicamente. Entre el bullicio de los talleres, el canto de los aprendices y el resplandor de los hornos, la historia de Sevilla se fue cociendo, lenta, brillante, irrepetible.
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