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Triana, corazón de Sevilla: siglos de barro, azulejos y tradición cerámica. Parte III

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Triana, corazón de Sevilla: siglos de barro, azulejos y tradición cerámica. Parte III. En esta tercera entrega, continuamos nuestro recorrido histórico por la cerámica sevillana, abordando la etapa de Isbiliya durante Al-Ándalus, la fusión mudéjar tras la Reconquista y la influencia de maestros italianos y empresarios como Niculoso Pisano y Charles Pickman. Descubriremos cómo la creatividad, la técnica y la modernización industrial hicieron de Sevilla un referente mundial de la cerámica, consolidando la identidad cultural y artística que aún hoy late en los talleres de Triana.

Cuando los musulmanes conquistaron Hispania en el siglo VIII, Isbiliya (como pasó a llamarse Sevilla) se convirtió en una de las ciudades fundamentales de Al-Ándalus. No emergió de la nada: ya había restos romanos, visigodos, una estructura urbana, sistemas de calles, murallas, ríos y puentes. Pero lo que vino después transformó todo: cultura, arquitectura, sociedad… y cerámica.

Tras la conquista en torno a 711-713, Sevilla quedó integrada pronto en la provincia omeya. Durante los primeros siglos (Emirato, luego Califato de Córdoba) Isbiliya comenzó a absorber influencias exteriores (Siria, Ifriqiya, Egipto), los musulmanes trajeron técnicas desconocidas en Occidente.
 

Innovaciones en la cerámica andalusí

Durante los siglos del Emirato y más tarde del Califato de Córdoba, Sevilla se integró en una red cultural que la conectaba con Siria, Egipto y el Magreb. Con los nuevos artesanos llegaron técnicas hasta entonces desconocidas en Occidente: el vidriado con plomo, los esmaltes coloreados, los motivos caligráficos, el alicatado y más adelante, la técnica del lustre metálico, que daba reflejos dorados a las superficies.

En esta época, la cerámica dejó de ser solo utilitaria y pasó a ser arquitectónica: cubría muros, fuentes, patios y zócalos. El uso de azulejos tenía un sentido práctico (mantener frescos los interiores, facilitar la limpieza en un clima cálido, evitar daños en los muros derivados de la humedad) y también simbólico, porque convertía los edificios en un reflejo geométrico del paraíso descrito en el Islám.

El barrio de Triana y los primeros alfareros musulmanes

Sevilla fue un foco creativo que rivalizó con Córdoba, Málaga o Granada. Y el barrio de Triana, con sus arcillas a orillas del río, comenzó a concentrar a los primeros alfareros musulmanes.

En 1248, el rey Fernando III de Castilla conquistó Sevilla. Para muchos artesanos musulmanes, esto no significó el final, sino un nuevo comienzo. Aquellos alfareros siguieron trabajando bajo dominio cristiano y pasaron a ser conocidos como mudéjares, el arte islámico era signo de lujo, de poder y de exotismo, un verdadero instrumento en las manos de los reyes cristianos que habían conquistado el terreno andalusí.

El mudéjar no fue un estilo menor, sino una auténtica fusión entre lo islámico y lo cristiano. Los reyes castellanos quedaron fascinados con la delicadeza artística de los musulmanes y decidieron incorporarla a su propia cultura. Así, iglesias, conventos y palacios se llenaron de azulejos mudéjares que combinaban símbolos cristianos (cruces, escudos heráldicos) con motivos geométricos islámicos.
 
Figura 1. Representan la síntesis perfecta entre la tradición islámica y las nuevas influencias cristianas tras la Reconquista de Sevilla en 1248. Fuente: Wikimedia Commons

 

Azulejos mudéjares: técnica y estética

La cerámica mudéjar en Sevilla se caracterizó por el uso de azulejos esmaltados con relieves, conocidos como «azulejos de cuenca» o «arista». Estos azulejos se fabricaban utilizando moldes y se decoraban con motivos geométricos y heráldicos, con bloques de color planos separados por una arista cerámica, consiguiendo acelerar notablemente lo que en época andalusí se conseguía por medio del meticuloso corte de placas monocromáticas, en lo que conocemos como el alicatado cerámico.
 

El Real Alcázar de Sevilla, ampliado por Pedro I el Cruel en el siglo XIV, es el mejor ejemplo: sus salas y patios están cubiertos de azulejos mudéjares que todavía hoy asombran a los visitantes. Allí, la cerámica no era un simple adorno: era una declaración de poder y de identidad mestiza.

 
Figura 2. Palacio de Pedro I. Parte del complejo monumental Del Real Alcázar de Sevilla. Fuente: Wikipedia.

 

La llegada del Renacimiento: Niculoso Pisano

En 1503, un emigrante italiano cambió para siempre la historia de la cerámica sevillana: Niculoso Pisano. Ceramista y azulejero, llegado desde Faenza (Italia), se asentó en el barrio de Triana, ya que se trataba del centro donde se agrupaban los talleres dedicados a la cerámica. Desde allí introdujo el azulejo pintado a pincel, como un cuadro, con escenas figurativas llenas de color, composiciones narrativas que abrían un horizonte casi infinito de posibilidades iconográficas.

Gracias a él, Sevilla dejó de ver el azulejo solo como ornamento geométrico y lo transformó en narrativa visual: santos, batallas, escenas bíblicas y alegorías se plasmaban en barro vidriado. Su obra maestra, el retablo cerámico de la Portada del Monasterio de Santa Paula, aún sorprende por su delicadeza y realismo.

Con Pisano, Sevilla entró de lleno en el Renacimiento europeo, sin perder la esencia mudéjar que seguía viva en sus talleres.

Desarrollo barroco y cambios en el siglo XVIII

Durante el barroco, se desarrollo de manera notable el uso del azulejo pintado a pincel, grandes retablos ocuparon entonces los interiores de las iglesias, y los exteriores de los edificios, aprovechando la estabilidad de los colores cerámicos ante las inclemencias del tiempo.

Cajas de escaleras, zócalos de Palacios y conventos se poblaron de repertorios decorativos y funcionales que embellecieron y llenaron de composiciones brillantes y vibrantes el caserío de la ciudad.

En el siglo XVIII, la moda cambió: influenciados por la porcelana oriental, los azulejos adoptaron una paleta más sobria, dominada por el azul y el blanco, a semejanza también de las producciones holandesas, británicas, portuguesas…

La Revolución industrial: Charles Pickman y la Fábrica de la Cartuja

Pero la gran transformación en la cerámica sevillana llegó en el XIX con Charles Pickman, un industrial inglés que fundó la Fábrica de la Cartuja en el antiguo y desamortizado monasterio sevillano de Santa María de las Cuevas, aprovechando que de sus terrenos se habían extraído tradicionalmente barros de altísima calidad, de hecho, parece que la denominación de “las cuevas” se debe a las innumerables oquedades que llenaban el espacio en el que se construyó. Oquedades debidas a la extracción de arcillas desde época prehistórica.

En la modernísima fábrica decimonónica se produjo loza fina al estilo inglés, pero siempre con un sello local, incluyendo los más novedosos sistemas de moldeo, estampación, transferencia de imágenes, las últimas modas en decoraciones y la potencia de los altos hornos que se construyeron, con sus características chimeneas cónicas, símbolo del lugar desde entonces.
 
Figura 3. Placa de cerámica con el logo de La Cartuja de Sevilla. Fuente: Wikipedia

 

Sus vajillas, tazas y platos conquistaron mercados internacionales, y Sevilla se convirtió en referencia mundial de cerámica industrial. Lamentablemente, el brillo de la fábrica de Pickman se apagó hace unas escasas semanas, en que cerró sus puertas esta fábrica que fue, durante generaciones orgullo de los sevillanos y de los artesanos que en ella trabajaron sin descanso.

Cerámica y arquitectura del siglo XX: Aníbal González

En el siglo XX, el arquitecto Aníbal González, ideólogo o por lo menos principal artífice del estilo regionalista sevillano, haciéndose eco (aunque muy tardiamente) de los nacionalismos arquitectónicos europeos, y en el marco de la Exposición Iberoamericana de 1929, integró la cerámica como lenguaje arquitectónico identtario, y como eje vertebrador de los repertorios decorativos de sus edificios, inspirados en los estilos tradicionales arquitectónicos, jugando con el ladrillo tallado y el azulejo pintado, así como la escultura cerámica y las piezas torneadas y policromadas para balaustradas y farolas.

 

El máximo exponente de su estilo en la ciudad es, sin lugar a dudas la monumental Plaza de España, en la que sus bancos y medallones representan a las provincias de España en un derroche de color e ingenio decorativista. La cerámica ya no era ni volverá a ser solo un arte de taller: era ya y para siempre un símbolo de identidad nacional y orgullo sevillano.

 

Figura 4. Fila de bancos en Plaza de España. Se aprecian las estanterías de cerámica. Fuente: Wikipedia.

 

Sevilla contemporánea: tradición y modernidad

Hoy, en pleno siglo XXI, Sevilla sigue respirando cerámica. Los talleres de Triana —sobrevivientes, herederos y renovadores— continúan horneando piezas que mezclan tradición y contemporaneidad. Artesanos, diseñadores y ceramistas mantienen vivo un legado que ha viajado desde las ánforas romanas hasta el arte urbano actual. En cada zócalo restaurado, en cada retablo de barrio, en cada azulejo que orienta al caminante, persiste la memoria de un oficio que ha moldeado la identidad de la ciudad durante más de dos mil años. Y así, Sevilla sigue siendo, como siempre, hija del barro.
 

Gracias por acompañarnos en este viaje por la cerámica sevillana, desde los primeros alfareros musulmanes hasta los talleres contemporáneos de Triana. Cada detalle de esta historia refleja siglos de creatividad, oficio y pasión.

Esta entrega ha sido elaborada por nuestras compañeras Luisana Aldana, Reyes Fernández y Elena Belascoain, quienes han puesto su conocimiento y entusiasmo en cada línea.

Seguiremos explorando más historias en nuestro apartado de Culturoterapia, con nuevas series y artículos que despierten la curiosidad y el amor por el arte y la cultura que nos rodea.

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