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Triana, corazón de Sevilla: siglos de barro, azulejos y tradición cerámica. Parte II

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Triana, corazón de Sevilla: siglos de barro, azulejos y tradición cerámica. Parte II. En esta segunda entrega, nos adentramos en los orígenes de la cerámica sevillana en época romana. Descubriremos cómo el barro y el aceite de oliva se convirtieron en los pilares económicos y culturales de Hispalis, y cómo los alfares y las ánforas moldearon no solo la ciudad, sino también la conexión de Sevilla con todo el Mediterráneo. Un viaje por los inicios de una tradición que siglos después daría lugar a los talleres históricos de Triana.

Mucho antes de que Sevilla se cubriera de azulejos resplandecientes y talleres trianeros, el barro ya había marcado el destino de la ciudad. En época romana, la provincia de Bética (Baetica), creada formalmente hacia el año 27 a. C. bajo el mandato de Augusto, se convirtió en una de las regiones más ricas y estratégicas del Imperio. Su nombre derivaba del río Baetis, el actual Guadalquivir, arteria fluvial que no solo daba vida a los campos, sino que articulaba comercio, cultura y desplazamiento.

 

Figura 1. Bética romana del año 27 a. C. al 411. Fuente: Wikipedia.

 

El aceite de oliva: oro líquido del Mediterráneo

 

En este territorio, Hispalis (la Sevilla romana) desempeñó un papel crucial en el comercio del aceite de oliva, uno de los productos más valiosos y simbólicos del Mediterráneo antiguo. Los olivares de la campiña bética producían un aceite considerado de excelente calidad, y su exportación sostenía no solo la economía local, sino también la maquinaria política y militar de Roma. Literalmente, el aceite de la Bética alimentó ciudades, templos, campañas militares y ritos religiosos.

Pero toda riqueza necesita un vehículo.
Y ahí es donde entra el barro.

Vasijas que tejieron rutas y comercio

El aceite viajaba en ánforas olearias, recipientes cerámicos fabricados en alfares situados estratégicamente en torno al Guadalquivir, especialmente en Hispalis e Itálica.

Entre los modelos empleados, la ánfora conocida como Dressel 20 fue la más característica: de cuerpo globular, cuello corto, asas robustas y capaz de contener cerca de 50 litros de líquido. Su forma no era casual: estaba diseñada para el transporte fluvial y marítimo, para ser almacenada en bodegas de barcos y para ser enterrada posteriormente en almacenes o depósitos.

 

Figura 2. Ánfora romana tipo Dressel 20, usada para el transporte de aceite bético. Cerámica común, siglos I–III d. C. Procedente del entorno productor de Hispalis–Itálica.

 

Los alfareros solían marcar estas piezas con sellos, grafitos o estampillas que identificaban su origen. Algunos mencionaban el taller (officina), otros el propietario de la producción, otros el funcionario encargado del control fiscal. Estas marcas, hoy recuperadas por arqueólogos, permiten reconstruir una geografía humana del comercio: nombres de familias, redes económicas, rutas de envío.

Rutas del aceite: de la campiña sevillana a Roma

Desde los olivares de la campiña sevillana, el aceite viajaba a lomos de carretas hasta embarcaderos locales; de allí, por el Guadalquivir en barcazas, llegaba a Hispalis y a veces a Gades (Cádiz), y finalmente era embarcado hacia Roma.

La escala de este comercio fue tan enorme que aún podemos verla en el paisaje europeo: la colina artificial del Monte Testaccio, en Roma, formada por millones de fragmentos de ánforas, en su mayoría procedentes de la Bética, es una huella clara de la potencia productora aceitera y alfarera del sur de España.

La montaña de cerámica rota que aún se alza en la ciudad eterna es, en cierto sentido, el monumento más impactante de la relación milenaria entre Sevilla y el barro.

 

Figura 3. Interior del Monte Testaccio, Roma. Depósito estratificado de ánforas Dressel 20 procedentes de la Bética. Fotografía del interior de uno de los cortes estratigráficos arqueológicos.

 

La cerámica en época visigoda: de símbolo imperial a objeto cotidiano

Cuando el Imperio entró en declive, el comercio a gran escala disminuyó. Pero el barro, como siempre, permaneció. En época visigoda, Hispalis continuó siendo un centro productivo, aunque los talleres se orientaron hacia objetos para la vida doméstica: ollas para cocer, cazuelas para servir, platos, tinajas, ladrillos y tejas. La cerámica dejó de ser símbolo del poder imperial para convertirse en compañera cotidiana de mesas, cocinas y hogares.

Ya no sostenía imperios; sostenía la vida. Ese legado invisible —el saber hacer transmitido de mano en mano, de torno en torno— es lo que siglos después permitiría florecer, casi naturalmente, la espléndida tradición cerámica sevillana.

Desde las orillas del Guadalquivir hasta las colinas de Roma, las ánforas y utensilios de Hispalis siguen contando historias de comercio, ingenio y cultura. Cada pieza, cada sello, cada fragmento nos recuerda que Sevilla siempre ha estado moldeada por las manos de quienes trabajaron la arcilla.
 
En la próxima entrega, descubriremos cómo este legado milenario se transformó con la llegada de nuevas culturas y técnicas, dando lugar a los primeros talleres musulmanes que cambiarían para siempre la identidad artística de la ciudad.
 

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