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Bajo la piel del lienzo (II)

Fondo-24

El rostro del enfermo: Goya y el doctor Arrieta.

Si en Rembrandt el cuerpo permanece abierto y expuesto ante la mirada de quienes desean aprender de él, casi dos siglos después Goya mostrará otra dimensión de la medicina. Ya no contemplaremos un cadáver silencioso rodeado de observadores, sino el rostro de un hombre enfermo sostenido por las manos de su médico.

Si en la obra de Rembrandt el cuerpo aparece abierto para ser estudiado, en el Autorretrato con el doctor Arrieta la medicina se presenta desde otro lugar: el de la vulnerabilidad del enfermo y el cuidado de quien lo atiende.

Francisco de Goya, Autorretrato con el doctor Arrieta (1820).
Minneapolis Institute of Art.

Goya se representa a sí mismo incorporado en la cama, con el rostro pálido, los ojos entreabiertos y la boca ligeramente abierta. Su expresión no necesita ninguna explicación clínica: el cansancio, la fiebre y la proximidad de la muerte parecen haberse instalado en sus facciones. El gran pintor de reyes y personajes poderosos aparece aquí despojado de toda autoridad, reducido a la fragilidad de un cuerpo que apenas puede sostenerse.

Detrás de él, el doctor Eugenio García Arrieta lo rodea con sus brazos y acerca un vaso a sus labios. Sus manos cumplen una doble función: administran el remedio y sostienen al paciente. Goya no representa una medicina heroica ni rodeada de instrumentos científicos. Lo que vemos es un gesto íntimo de atención: un hombre cuidando de otro.

El contraste entre ambos rostros concentra buena parte del sentido del cuadro. Frente a la palidez y el abandono del enfermo, el médico aparece atento, firme y sereno. No mira al espectador ni reclama protagonismo; toda su concentración está dirigida hacia Goya. La medicina se expresa aquí no solo como conocimiento, sino también como presencia.

Al fondo surgen unas figuras oscuras e imprecisas. Pueden evocar las visiones provocadas por la fiebre o representar la amenaza de la muerte. Frente a ellas, el cuerpo del médico actúa como una barrera protectora. Arrieta ocupa, literalmente, el espacio entre el enfermo y la oscuridad.

El propio pintor dejó constancia de su agradecimiento en la inscripción situada en la parte inferior del lienzo: «Goya agradecido, a su amigo Arrieta: por el acierto y esmero con que le salvó la vida en su aguda y peligrosa enfermedad…». La elección de las palabras resulta reveladora. Goya reconoce el acierto, es decir, el conocimiento y la capacidad profesional del médico, pero también el esmero, la dedicación con la que permaneció a su lado. Y no lo presenta únicamente como su médico, sino como «su amigo Arrieta».

La dedicatoria convierte así el cuadro en algo más que un autorretrato de enfermedad. Es también un homenaje a una medicina en la que la ciencia y el cuidado resultan inseparables.

La medicina necesita observar el rostro para reconocer signos y comprender el estado del paciente. Pero Goya nos muestra que el verdadero acto médico comienza después de esa observación: cuando quien diagnostica se acerca, sostiene y acompaña.

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